No quiero sentir con tus manos. Sentir como tu piel se estremece con cada caricia, cada sensación.
No quiero amar con tus labios. Sentir la piel tirante y la sangre fluyendo bajo ella, todo por la excitación, por el deseo de amar, de entregarte.
No quiero ver con tus ojos. Esos simplones, que nadie ve hermosos y sinceros, esos mismos que lloran copiosamente cada noche por el insomnio, la soledad o el dolor acumulado. No quiero saber lo que ves, lo que tienes que observar cada mañana al espejo.
No quiero ver tu cuerpo, simple, mundano, sin gracia. Un vientre sencillo que no puede crear vida, que no puede darme lo que deseo.
No quiero ver tus marcas, tus golpes, tus raspones.
No quiero sentir tu dolor, sentir tu tristeza. No te quiero, no te amo. No te aprecio.
Te Soporto, como un estoico soporta el dolor, con paciencia. Porque no puedo cambiarte, porque no tengo factura, porque no puedo devolverte. ¿O sí?
No puedo matarte (creéme, de millones de maneras lo he tratado y pareces inmortal), no puedo alejarte, no puedo alejarme. Despierto viendo tus ojos, sintiendo tus brazos, tu peso aplastante que me lastima día a día.
Te odio, pero no te puedo dejar porque eres lo que me queda al final, en las noches. Y por eso te odio aún más.
Pero estoy cansada de golpearte. Es que mis palabras ya no te hieren, es que mis brazos ya perdieron la fuerza.
Porque esta piel que habito es lo que más odio en la existencia. Pero es lo único que me queda al llegar el amanecer.
Te odio, pero debo vivir en tí, como el castigo milenario que he recibido por odiarte tantos años.
Me odio.

